Solemos ver la crisis como un golpe inesperado, un «gancho al hígado» que nos deja sin aire. Sin embargo, si acudimos al griego antiguo, la palabra crisis viene de crinein, que significa separación y cambio.
Bajo esta luz, la crisis deja de ser algo necesariamente terrible. Cambios hay todo el tiempo: en el clima, en las estaciones, en nuestro propio cuerpo. El problema es que al ser humano no le gusta el cambio porque nos exige esfuerzo y nos saca de nuestra zona de confort. Somos seres de costumbres y rutinas. Pero la filosofía nos enseña que toda separación conlleva una transformación. Si bajamos el miedo a lo incierto y aceptamos que la seguridad total no existe, podemos empezar a ver la crisis como el motor que nos obliga a evolucionar.
Vicky Mendizábal