Cuando el mundo parece caerse a pedazos, lo primero que perdemos es el centro. Sin centro, no sabemos dónde estamos parados ni hacia dónde dar el siguiente paso. Muchos buscan la serenidad en una alivio instantáneo o esperan que caiga del cielo, pero la filosofía nos enseña que es una práctica.
¿La herramienta más básica? Respirar. Tomarse un minuto para inhalar en cuatro tiempos, sostener en dos y exhalar en cuatro. No es solo una cuestión espiritual; es fisiológica: al oxigenar el cuerpo, el cerebro recupera la claridad. La serenidad es ese espacio que nos permite decir: «Un momento, analicemos antes de actuar». Sin ese minuto de calma, corremos el riesgo de lanzarnos impulsivamente al «virus del caos».